Historia
PDF Imprimir E-mail

Guevara y Allende

Ryszard Kapuscinski

En el curso de un encuentro con los lectores, alguien del público me pide que compare la figura de Allende con la del Che Guevara y diga cuál de los dos tenía razón La pregunta encierra la opinión de que sólo uno de ellos podía tener razón, y el público espera a que yo escoja entre los caminos elegidos por Ernesto Guevara y por Salvador Allende.

En un determinado momento de su vida, Guevara abandona el despacho del ministro y su mesa de trabajo para marcharse a Bolivia, donde organiza un destacamento de guerrilla. Muere siendo el comandante de ese destacamento.
Allende, al contrario, muere defendiendo su mesa de trabajo, su despacho de presidente, del cual sólo lo sacarían –como siempre había dicho– "en un traje de madera".

Aparentemente, pues, se trata de dos muertes muy diferentes, pero en realidad esa diferencia no estriba más que en el lugar, el tiempo y las circunstancias. Tanto Allende como Guevara sacrifican su vida por el poder del pueblo. El primero defendiéndolo, el segundo luchando por conseguirlo. La mesa de Allende sólo es un símbolo, al igual que lo son las botas de campesino que calza Guevara.

Hasta el último momento los dos están convencidos de haber elegido el más justo y acertado de los caminos. Para Guevara, es el de la acción armada. Y se sabe que ésta no puede saldarse sin víctimas. Para Allende, es el camino de la lucha política. Él quiere evitar víctimas cueste lo que cueste.

Los dos eran médicos. Guevara, cirujano; Allende, internista. ¿Influyó tal cosa en sus actitudes? Al elegir una profesión, la persona se guía por una serie de motivos psicológicos. Indudablemente, pero ¿también fue así en este caso? No lo sé. Los tiros que acaban con la vida de Guevara y de Allende no se disparan desde un escondite. Los dos aceptan su muerte conscientemente, a sabiendas de que llega. Cada uno de ellos puede salvarse, tiene su oportunidad, tiene tiempo. Entre la captura de Guevara herido y su ejecución transcurren veinte horas. El coronel Zenteno le promete que conservará la vida si consiente en comparecer ante un tribunal como acusado. Guevara rechaza la propuesta. Maniatado, permanece sentado en el suelo de tierra de la escuela rural de Higueras y calla, se niega a hablar. Le duele el muslo abierto por el balazo, le duelen los forúnculos, le asfixia el asma. Quizá ni siquiera se da cuenta del momento en que en la ventana aparece un sargento que aprieta el gatillo de su metralleta.

Allende dispone de ocho horas. Por la mañana se entera de que hay un avión esperándolo, que puede ir donde quiera, a condición de que dimita, de que abandone su puesto. Pero no lo hará. Todavía ayer era un señor mayor, de rostro cansado y preocupado, ya grave , ya bonachón, vestido siempre con sofisticada elegancia. Hoy rebosa en nuevas energías, en una fuerza y una vitalidad que asombra a todo el mundo: dispara, dicta órdenes, lidera su última batalla. Pasan las horas. A su alrededor hay muertos y heridos. También él está herido. Pero el pulso sigue firme, la metralleta no falla la diana. El ejército irrumpe en el Palacio. En uno de los salones, en medio del humo, el polvo y el olor a quemado, seguirá disparando hasta el final un hombre bajo, aunque robusto, cumplidos con creces los sesenta, con casco de minero y jersey de cuello alto: el presidente de la república.

En la manera en que mueren Guevara y Allende hay una implacable determinación, una inexorabilidad conscientemente escogida, una tremenda dignidad. En esas últimas horas, todo lo que podría llevar a la salvación queda rechazado: regateos, tejemanejes, compromisos, rendición o huida. El camino, ya despejado y recto, no lleva sino a la muerte.

Tanto una como otra, sus muertes son un lance de honor, un desafío. Un deseo de manifestar públicamente la justicia de sus convicciones y una disposición, más allá de toda vacilación, a pagar por ellas el máximo precio. Me veo obligado a irme, pero no me voy del todo, no por completo, no para siempre. Se tienen que ir: esto lo saben los dos, llevan tiempo preparándose para ello. Guevara se despide de Fidel, de sus padres y de sus hijos en unas cartas escritas meses atrás. Allende empieza su último y trágico día despidiéndose de sus hijas y, en un discurso radiado, del pueblo. A partir de entonces los dos se quedarán a solas con el destino, rodeados por un puñado de hombres que los seguirán hasta el final. Seguir hasta el final: ésta será la idea que los acompañará durante el resto de las horas que les quedan. Hasta el final actúan, no tienen tiempo, están ocupados en sus cometidos.

Los dos caen en plena marcha.

Sus muertes: tan parecidas; sus vidas: tan diferentes.
Dos personalidades antitéticas, dos temperamentos diametralmente opuestos.
Siendo un muchacho, Guevara viaja por el Amazonas en una balsa, quiere atravesar toda América Latina en bicicleta. Va a Bolivia por mor de una revolución, va a Guatemala por mor de una revolución, finalmente llega a México, que, tiempo atrás, también había sido escenario de una revolución. Allí conoce a Fidel Castro y juntos organizan el desembarco guerrillero en Cuba. Al alcanzar la costa caen en una emboscada. Es el 2 de diciembre de 1956. De los ochenta y dos milicianos sólo una docena queda con vida. Ni siquiera todos van armados con un fusil. Guevara está herido. Y aquella docena de hombres empieza la mayor epopeya de la historia reciente de América Latina.
La naturaleza inquieta de Guevara no para de empujarlo hacia delante, pero la suya es una inquietud dirigida, su energía se concentra en la causa revolucionaria.

Toda su vida es una constante búsqueda de un campo de batalla.
Nacido en 1928, muere a los treinta y nueve años. Pertenece a esa generación de jóvenes latinoamericanos que, tras levantarse en armas, en los años cincuenta se alzan con su primera y maravillosa victoria. A partir de ella se creerán que la historia enseguida, y siempre, se pone del lado de las causas más nobles. Muchos han pagado por esa fe con sus propias vidas. Estaban convencidos de que las masas no hacían sino esperar una señal, de que el barril estaba lleno de pólvora y de que bastaba con una sola chispa. Y, según ellos, esa chispa no era otra cosa que un destacamento de guerrilleros entregados a la causa, dispuestos a todo. Poco a poco se les unirían voluntarios y el destacamento se convertiría en un ejército popular que tomaría el poder y haría la revolución.

Guevara crea un destacamento así en Bolivia y empieza a combatir. Espera la llegada de voluntarios, sobre todo campesinos. Pero los campesinos no se le unen. Un campesino apellidado Rojas denuncia, condenándolos a la muerte, a trece hombres del destacamento de Guevara. El oficial del ejército le paga por ello cinco dólares, a los que añade una barra de chocolate. En su Diario, Guevara menciona a cada momento lo difícil que le resulta entenderse con los campesinos. Pero no es de extrañar. Él proviene de una familia burguesa argentina, es blanco y habla en español. En cambio el campesino al que espera es indio, sólo habla quechua y desconfía de los blancos, que lo han explotado durante siglos. Ese campesino de la desértica y olvidada provincia boliviana –que está tan alejada de la civilización moderna como la luna de la Tierra– no quiere luchar contra la corrupta dictadura del presidente Barrientos, porque ha oído decir que hace algún tiempo dicho presidente se presentó en una aldea y regaló a todo el mundo un par de zapatos. Los zapatos son el gran sueño de los campesinos. ¿Qué les pueden ofrecer los guerrilleros?

Portada del libro de Ryszard Kapuscinski (1932-2007)
Cristo con un fusil al HombroAdemás, los guerrilleros han llegado de la ciudad o de otros países. En cambio los soldados que los combaten son chicos de las aldeas vecinas. Indios que hablan quechua. Cierto que los oficiales son hombres blancos y han recibido instrucción en academias norteamericanas. Pero el ranger raso es hijo de campesinos, nacido y criado en sus mismos pagos. En ese territorio desértico, yermo y pedregoso en el que los guerrilleros se pierden a cada momento y nunca están seguros de si van en la buena dirección, los soldados se sienten como el pez en el agua. Conocen cada piedra, cada quebrada. Allí habían jugado de niños, por aquel sendero iban a buscar agua.

Alrededor del destacamento de Guevara se estrecha el cerco de la muerte. Hambrientos y exhaustos, los hombres libran una batalla desigual en la que quedan derrotados. Es soleado y muy caluroso el último día del Che.

La vida de Salvador Allende discurre por otra vía. Aunque también entregada a la causa, es una vida ordenada, regular, sin sacudidas. A sus veintinueve años, Ernesto Guevara lidera el frente guerrillero en Sierra Maestra, tiene el brazo en cabestrillo y ha burlado la muerte en más de una ocasión. A sus veintinueve años, Salvador Allende se convierte en diputado al Parlamento y los amigos le auguran una carrera vertiginosa. Tiene treinta y un años cuando se hace cargo de la cartera de ministro de la Salud en el gobierno del radical Aguirre Cerda. Ingresa en una logia masónica. Funda el partido socialista. En 1945 es senador. Cuatro veces es candidato a la presidencia de la república: en 1953, 1958, 1964 y 1970. En veinte años es el único candidato de la izquierda a este cargo. Toda la vida de Allende transcurre en Santiago, en el Parlamento, o en las provincias chilenas, adonde lo llevan sus largas campañas electorales. El Parlamento de Chile: un edificio gris y feo, situado en el centro de la ciudad, calle de la Catedral. Aquí tiene Allende su despacho de senador. Estanterías desde el suelo hasta el techo, y en ellas, docenas de volúmenes de leyes y enmiendas a esas leyes, mil veces estudiadas, corregidas y aumentadas. En este edificio, Allende trabaja y lucha treinta y tres años, primero como diputado, después como senador. El edificio forma su mentalidad legalista, su perfecto dominio del derecho, de la constitución, de la ley. De todos modos, la izquierda chilena siempre ha sido una acérrima defensora de la Constitución y del Parlamento burgueses. Sólo aparentemente es una paradoja. La Constitución y el Parlamento garantizaban a la izquierda la libertad de actuar dentro de la legalidad, le brindaban la posibilidad de llevar su lucha política abiertamente. En 1969, durante el mandato del presidente Frei, el general Roberto Viaux quiso dar un golpe de Estado y clausurar el Parlamento. Fue precisamente la izquierda la que lo salvó, la que salvó ese mismo Parlamento que durante el mandato presidencial de Allende se convertirá en el principal centro de oposición, provocación y sedición. Pero Allende, que durante toda su vida ha construido la autoridad del Parlamento, una vez jurado el cargo de presidente, no lo disolverá aun a precio de perder el poder y la vida.

A menudo se oye la pregunta de por qué Allende no armó al pueblo y no empezó una guerra civil.

Distribuir armas a gran escala era imposible, porque en Chile el servicio de espionaje interno está en manos del ejército, el cual se habría enterado enseguida de cualquier traslado de partidas de armamento, de la formación de destacamentos populares, de su instrucción, etcétera. Tal cosa sólo habría acelerado el golpe. Además, Allende sabía que se trataba de un ejército moderno, con enorme potencia de fuego y que llamar a luchar contra semejante fuerza a un pueblo mal armado habría supuesto cientos de miles de víctimas, el derramamiento de sangre de la mitad de la nación.

En su rechazo a la guerra civil Allende también se guía por un importante principio moral. Cuando tomaba posesión de su cargo, él, el primer presidente popular de Chile, juró respetar la constitución. Y la constitución obliga al presidente a hacer todo lo posible para evitar el estallido de una guerra civil.

Allende desea preservar la honestidad ética.

De la misma manera se comporta Guevara.

Su destacamento no para de capturar prisioneros, soldados rasos y oficiales, a los que suelta enseguida. Desde el punto de vista militar, comete un grave error: los prisioneros no tardan en informar del lugar en que se encuentra el destacamento, del número de sus miembros y de su armamento. Pero Guevara no fusila a ninguno. "Estáis libres", les dice; "nosotros, los revolucionarios, somos personas moralmente honestas, no vamos a ensañarnos con un adversario desarmado".

Este principio de honestidad moral es un rasgo característico de la izquierda latinoamericana. También es causa de sus frecuentes derrotas en la política y en la lucha. Pero hay que intentar entender su situación. Todo joven latinoamericano crece rodeado de un mundo corrupto. Es el mundo de una política hecha por y para el dinero, de la demagogia desenfrenada, del asesinato y el terror policial, de una plutocracia implacable y derrochadora, de una burguesía ávida de todo, de explotadores cínicos, de arribistas vacuos y depravados, de muchachas empujadas a cambiar fácilmente de hombre. El joven revolucionario rechaza ese mundo, desea destruirlo, y antes de que sea capaz de hacerlo, quiere contraponerle un mundo diferente, puro y honrado, quiere contraponerle a sí mismo.

En la rebeldía de la izquierda latinoamericana siempre está presente ese factor de purificación moral, un sentimiento de superioridad ética, una preocupación por mantener esa superioridad frente al adversario. Perderé, me matarán, pero jamás nadie podrá decir de mí que he roto las reglas del juego, que he traicionado, que he fallado, que tenía las manos sucias.

Tanto Guevara como Allende son los mejores exponentes de esta actitud, que es toda una escuela de pensamiento. La pregunta importante es: ¿su trayectoria revela un intento consciente de crear un modelo para generaciones futuras que tal vez vivirán en ese mundo por el que ellos luchan y mueren?

¿Acaso se puede responder a la pregunta de cuál de ellos tenía razón? La tenían los dos. Actuaron en circunstancias diferentes, pero el objetivo de sus actuaciones era el mismo. ¿Cometieron errores? Eran seres humanos, ésta es la respuesta. Los dos han escrito el primer capítulo de la historia revolucionaria de América Latina, de esa historia que apenas está en sus inicios y de la que no sabemos cómo evolucionará.

Última actualización el Viernes, 26 de Febrero de 2010 14:45
 
PDF Imprimir E-mail
La Jornada 05/01/10
Luis Hernández Navarro 

Antonio Palós Palma: El médico republicano

Antonio José Palós Palma fue un doctor muy peculiar. Mayor médico del Ejército Republicano, egresado de la Universidad de Salamanca, peleó en España contra el golpe de Estado de Francisco Franco, realizó estudios militares en la Unión Soviética, se asiló en México, pasó por Cuba, vivió y ejerció su profesión en Atoyac de Álvarez, Guerrero, colaboró con la guerrilla de Lucio Cabañas y terminó sus días en Venezuela. Ejercía con determinación. A él no tan fácilmente se le moría un paciente de urgencia. Estabilizaba y salvaba a los heridos.
El también médico Salomón García, recolector de historias y del habla guerrerense, recuerda que en cierta ocasión le trajeron a Palós un paciente con un cuchillo clavado en el pecho, cerca del corazón. El exilado, que guardaba siempre una pistola "para lo que se ofreciera", en esa ocasión la usó para distraer al moribundo. El herido se desangraba en la cama de tratamiento y ya casi entraba en estado de choque cuando el cirujano, con una mano tomó el cuchillo en posición para extraerlo y con la otra sacó su pistola con el tiro en la recámara. Sin miramientos "amenazó" al apuñalado: "Ya no te puedo ayudar, creo que te vas morir –le dijo, mientras le apuntaba con el arma de fuego al pecho. Es más –añadió– te voy a disparar un balazo de una vez para que ya no sufras más..." Aterrado con las palabras del galeno, el campesino lesionado se desconcertó. En ese momento el doctor tratante sacó el puñal clavado en la región precordial. Paró la hemorragia, hizo desinfección y le salvó la vida.

Alto, rubio, rollizo, inteligente, gruñón, malhumorado y gritón, tenía heridas de bala en ambos brazos y en una pierna. Desidor Silva, alias El Negris, su ahijado de graduación de la secundaria, colaborador también de la guerrilla de Lucio, recuerda que el médico "le enseñaba orgulloso sus trofeos de guerra, sus medallas obtenidas en el campo de batalla. Estaba todo agujereado, como coladera de baño público." Era un gran tirador. Lanzaba al aire las monedas de 50 centavos y les daba en el mero centro, tirando con pistola.

Cuando el 18 de mayo de 1967, la Policía Judicial de Guerrero disolvió a sangre y fuego una manifestación pacífica convocada por Lucio Cabañas en la Plaza Cívica de Atoyac, Palós Palma fue el único médico que acudió a atender a los heridos.

La relación entre el médico republicano y la guerrilla sureña fue muy estrecha. Se relacionó con Lucio Cabañas y Serafín Núñez cuando trabajaban en la Escuela Primaria Modesto Alarcón y lo invitaban a dar pláticas de medicina y primeros auxilios a los padres de familia. Con el paso del tiempo, Palós se convirtió en asesor militar de Lucio, de quién era tío político, pues vivía en unión libre con Paula Cabañas, tía del guerrillero. Según cuenta Francisco Fierro Loza en Los papeles de la sedición o la verdadera historia político-militar del Partido de los Pobres, Palós Palma donó a la guerrilla de Lucio Cabañas dos pistolas Star, españolas, calibre 22. El doctor y su hijo Antonio curaban a los heridos y enfermos de la guerrilla en una casa de seguridad ubicada dos cuadras al sur del consultorio del médico. Palós atendió a un herido en Acapulco, producto de la acción en la que la guerrilla ajustició a José Becerra Luna, el responsable de la masacre del 18 de marzo.

La colaboración de Palós con las luchas de liberación nacional en América Latina tenía una larga historia tras de sí. Amigo del general Alberto Bayo, el instructor militar del Movimiento 26 de julio, fue invitado por éste a La Habana, al triunfo de la Revolución Cubana. Allí conoció a Ernesto Che Guevara, quien le obsequió y dedicó lo que sería uno de sus más preciados tesoros: un ejemplar de La guerra de guerrillas.
Palós llegó a Atoyac en la década de los 60 del siglo pasado con dos hijos. Cobraba poco por sus consultas médicas. Los pagos que recibían eran simbólicos. Pintaba al óleo Quijotes y escuchaba en un viejo tocadiscos acetatos con la música de Joan Manuel Serrat. Vivía en una casa a la que le decían "el castillo". Era una vivienda de tres niveles, construida a mano por él y su esposa, sin varillas, apilando los tabiques de filo.
Uno de los grandes dolores en su vida le llegó con la muerte accidental de su hijo. Palós había dejado mal acomodada su pistola y el muchacho la encontró y se puso a jugar con ella. El arma se le disparó en la cabeza. Él quiso reanimarlo, realizó las maniobras rápidas de resucitación, lloró y gritó: ¿por qué si yo he salvado a mucha gente, ahora no puedo salvar a mi hijo? El cadáver de la criatura siguió inerte. Embalsamó el cuerpecito del niño y lo conservó en su casa por un tiempo. No se celebraron las exequias tradicionales. La pareja cargó casi sola con la pena.
Cuando la guerrilla comenzó a operar, Palós le mandaba a Lucio recomendaciones de cómo afrontar y eludir el movimiento de tropas federales. Ya en plena guerra sucia, le informó a los familiares de Rosendo Radilla que su pariente se encontraba recluido en la Campo Militar Número 1, en la ciudad de México. La información provenía de una carta que Bertoldo Cabañas –quién se encontraba detenido en ese campo– le envió a su esposa, en la que hacía un recuento de las personas presas en ese centro.

Ante el hostigamiento militar, Palós huyó de Atoyac en 1974. Lo acusaban de andar curando a Lucio durante 15 días seguidos en el segundo piso de su casa. Un día partió rumbo a Acapulco a atender un paciente, dejando atrás todas sus pertenencias. Según cuenta Felipe Fierro Santiago, en El último disparo, antes de irse fue al rancho Los Coyotes, a despedirse de don Benjamín Luna, con quien tenía una gran amistad. Su hijo Antonio cuenta que "tomó un puño de tierra y dijo que se lo llevaba como recuerdo de Atoyac".

Personaje extraído de una novela, Antonio Palós Palma vive en la memoria popular y los relatos de los hermanos Salomón y Arturo García; de dirigentes sociales como Patricio Barrientos, ex líder de la otrora Unión de Ejidos Alfredo V. Bonfil; de Vicente Castro, carpintero y ex militante del PSUM; del líder cafetalero Zohelio Jaimes; de viejos maestros fundadores de la Prepa 22 de la UAG, y, de manera destacada, de Desidor Silva. Ya es hora de que la vida del médico republicano se divulgue más allá de las fronteras de Atoyac.

Última actualización el Martes, 09 de Febrero de 2010 18:32
 


banner-regeneracion banner-cuenta
link-amlo
historia videos fotogaleria

SECRETARÍA DE SALUD DEL GOBIERNO LEGÍTIMO DE MÉXICO

San Luis Potosí 71 · Col. Roma · Del. Cuauhtémoc · C.P. 06700

Tel. Directo: 4212 4414 Conmutador: 4212 4413 ext. 2103

Dra. Asa Cristina Laurell

salud@gobiernolegitimo.org.mx

secretariasaludGL@gmail.com

Este sitio se visualiza mejor en una resolución de pantalla de 1024 x 768 px · Sitio optimizada para IE7, IE8, FF 3.5, FF 3.6

Diseñado y Administrado por WebEspacio®